Aquella tarde te vi acercarte, lucias relajado con una hermosa sonrisa y tu mirada tan picara e incandescente que me tentaba. Me saludaste y me agitaste, me recordaste lo divino que resultaba estar en tus brazos. Tú jugabas, yo temía. Tomamos una copa de vino en aquel bar, hablabas y suponía que todo estaría igual. Decías que estabas bien, yo lo intentaba, me invitaste a tu apartamento, yo de sumisa acepte por no romper la idea de que esa noche se sentiría tan bien todo aquello que harías tan mal, nuestros cuerpos alcoholizados empezaron a sudar. Devórame de una vez, gritaba el alma, es la hora de quemar ropa y agitar sentidos, dijiste, yo acepte jurándome a mi misma que seria la última vez; eras dueño de mi cuerpo, eras mi Dios en ese tiempo, al recorrer cada centímetro de mi piel te involucrabas al respecto, encontraste lo que buscabas, de nuevo me hacías tu mujer.
Mucho frenesí y encanto rodeaba la cama, tus manos llevaban el ritmo perfecto en mis senos, nublando mis pensamientos invitaste a tu boca, besabas desde el cuello parando cerca de mi punto G, buscándolo, con ganas de encontrarlo y llevarme a la locura. El sexo oral era tu adicción y al mismo tiempo mi debilidad; el contacto de tu lengua era escapar de este mundo, borrar mi mente, acicalar mi alma. Junto al fuego producido por el placer, cada penetración se sentía enormemente diferente y tu vicio por seguir volvía mi llama inapagable.
El cambio de posiciones era y siempre fue mi parte favorita, te hacías dueño de cada región corporal, el vaivén de mis caderas te hacia llenarte de placer y con ello alcanzar el orgasmo, alcanzar el mío, era de tan magnitud que mi cuerpo te pertenecía mas a ti que a mi. Jugabas, lo disfrutabas, lo disfrutaba, me llenabas completamente y elevabas mi alma. Al terminar cansados y sin aliento con nuestros cuerpos entrelazados nos disponíamos a dormir, donde tu almohada eran mis pechos y mi bienestar, ese momento.
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